Autores que no se interesan por sus lectores

por Tregolam en Artículos Literarios
autores que no se interesan por sus lectores autores que no se interesan por sus lectores

Como es sabido, en todo proceso comunicativo bidireccional o de transmisión de ideas, hay un emisor y un receptor. Por lo tanto, para que dicho proceso se dé, ambos deben cumplir su respectiva función. En el caso de la literatura, estaríamos hablando del autor y del lector. Sin embargo, hay una zona un tanto oscura de esa gran comunidad de autores que se define por su poca atención hacia el hacia el lector a la hora de publicar un libro.

No estamos hablando de autores reconocidos que pueden permitirse el lujo de escribir libros intrincados, raros y complejos que posiblemente hagan que muchos lectores tiren la toalla a medio camino, como puede ser el caso del Ulises, de James Joyce, La broma infinita, de David Foster Wallace, Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy, de Laurence Sterne, Paradiso, de José Lezama Lima, El Silmarillion, de J.R.R. Tolkien, El almuerzo desnudo, de William Burroughs o incluso el mismo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes.

No, nos referimos más bien a aquellos autores que, por diversas razones (inexperiencia, desconocimiento de los géneros, autodidactismo, falta de talento, etc.), se preocupan solamente de su escritura y se olvidan completamente de que habrá alguien que deberá leerlos. En otras palabras, no son capaces de entender que escribir, ante todo, es también un arte y que, como tal, es precisamente eso lo que demandará el lector: algo con valor estético. Una historia que enganche, perfectamente legible y en su justa medida, por ejemplo.

Más allá de subjetividades y cuestión de gustos, veamos algunos de los casos más frecuentes en los que parece que el autor no ha tenido en cuenta al lector o, simplemente, se ha olvidado de él.

 

1. Cuando el léxico que utilizas es demasiado elaborado o rebuscado

Si tu idea es que el lector tenga que recurrir constantemente al diccionario para ir avanzando en tu historia, ten por seguro que después de algunas páginas desistirá de la tarea y se pondrá a otra cosa. Hacer literatura no significa dar lecciones de un acervo exquisito, sino de construir un relato con un lenguaje equilibrado, que no caiga en la ramplonería pero tampoco en la pomposidad. Siempre está bien hacer uso de cierta o ciertas palabras «selectas» y quizás poco habituales, pero lo importante es no caer en el abuso.

Encontrarse con párrafos y párrafos repletos de palabras altisonantes o rebuscadas, de lirismo desbocado o de términos en desuso o rimbombantes, inclusive, puede provocar cansancio e incluso rechazo. Más que comunicar o expresar algo, da la sensación de que como autor estás simplemente «acumulando» palabras. Construyendo un castillo precioso, pero transmitiendo realmente poco. Por lo tanto, si ese es tu caso, piensa lo siguiente: ¿Es realmente necesario usar ese tipo de léxico? ¿La historia que estoy desarrollando demanda un léxico de esa índole? ¿Para qué? Cuestiones de este tipo te podrán ayudar a esclarecer un poco tu panorama y no perder de vista que publicar significa «querer ser leído».

Por lo tanto, es fundamental ponerse en la situación de la persona que pagará por leer lo que le estás ofreciendo.

El lector quiere leer (eso espera) una buena historia, no un compendio de palabras y frases extravagantes.

 

 

Recuerda: es tu nombre el que está en juego y la idea es que equilibres lo que estás contando con la forma en la que lo estás contando.

 

 

2. Cuando la novela es demasiado extensa para la historia que contiene

En muchos casos, luego de editar una novela realmente extensa y reparar en la historia que se cuenta, uno como lector o editor puede deducir que quizás podía haberse contado en menos páginas. De la misma manera que en el punto anterior, muchos autores no son capaces de controlar los recursos con los que construyen su relato. Aquí, más que el léxico, es la desmesura en cuanto a información, diálogos, subtramas, disgregaciones y descripciones.

El éxito de un buen libro no radica, como muchas veces se piensa, en su extensión. Libro breve = libro flojo o malo. Libro extenso = libro consistente y bueno. Nada más alejado de la realidad. En teoría, será la propia historia la que deba demandar la extensión. Y más concretamente, la trama. Si se trata de una trama más o menos sencilla, es muy probable que no haga falta excederse «rellenando» como se pueda esos vacíos que existen entre un suceso determinante y otro. Hay que saber dónde están los límites. Cuando esto sucede, un lector experimentado lo nota de inmediato y es un punto desfavorable para le lectura y el éxito del libro.

Da la sensación de que el autor lo está «obligando» a leer partes casi siempre totalmente prescindibles, cargadas de acciones dilatadas (quizás involuntarias, quizás producto del desconocimiento de cómo escribir un cuento o una novela), información minuciosa sobre aspectos irrelevantes de un personaje, de una situación o del ámbito, etc. Y eso, como ya hemos dicho, supone también una falta de consideración para el lector. Si vamos a promocionar nuestro libro mediante las redes sociales, mailings a contactos, etc., es de suponer que estamos seguros que nuestra propuesta debe ser leída y disfrutada, ¿no?

3. Cuando te centras en escribir una historia pero se te olvida el factor «verosimilitud»

 Es verdad que todo lector debe estar consciente de que, a menos que se trate de una novela histórica o autobiográfica, los demás géneros están inscritos dentro de la «ficción». Lo cual no quiere decir que, aunque desarrolles tu novela en el ámbito de la ciencia ficción, por ejemplo, lo que cuentes no debe ser «creíble». Todo autor debe procurar que su creación sea creíble en la medida de lo posible. Sin embargo, parece que muchos autores nóveles o principiantes no tienen esto muy claro y construyen sus historias con escenas que rayan lo inverosímil, trilladas o calcadas a las de las películas más comerciales de Hollywood.

De nuevo aquí la desatención hacia el lector. Sí, porque da la sensación de que, como autores, no nos hemos puesto en sus zapatos para valorar la dosis de credibilidad que tiene lo que estamos escribiendo. Parece que no ha habido una autoevaluación al respecto y nos hemos olvidado que nuestro libro lo leerá muy probablemente gente experimentada, exigente o que simplemente no es tonta como para «tragarse» cualquier cosa.

Por lo tanto, tenemos que esforzarnos y ponernos en la situación. No es suficiente con que nos lo creamos nosotros. Nuestras miras deben ir mucho más allá.

 

 

Consejo: no pierdas nunca de vista al individuo que tendrá la última palabra en todo el proceso: el lector.

 

 

4. Cuando decides autopublicar un libro sin preocuparte mucho por el libro (como objeto comercial)

Siendo el objetivo fundamental de la escritura, es decir, publicar un libro y ser leído, no está mal hacer lo posible por lograrlo. Actualmente existen formas de darnos a conocer sin necesidad de una editorial convencional. Cada vez hay más plataformas de autopublicación en las que, de manera gratuita, podemos poner a la venta nuestros libros y empezar a dar nuestros primeros pasos como autores.

Sin embargo, precisamente esta «facilidad» e «inmediatez» provocan que muchos autores descuiden la hechura y el resultado final de sus libros. Lo curioso es que, dado que parece que no se percatan, más tarde se preguntan por qué las ventas de sus libros no son las que imaginaron. Más allá de tratarse de autores quizás desconocidos, el éxito de un libro no sólo depende de la historia. Desde luego, es lo más importante.

Pero para que un lector equis llegue a esa historia, el libro (como objeto) debe tener una buena presentación y despertar interés. Pero qué pasa cuando el autor considera que una corrección ortotipográfica o de estilo no es necesaria. Cuando se conforma con armar un diseño de portada con una foto cualquiera. Cuando desconoce que para maquetar o diagramar existen programas de edición y prefiere hacerlo en Word.

Cuando ignora, incluso, el precio de venta al público que se establece en el mercado. Todos esos factores influyen negativamente en su estrategia como autor. ¿Qué lector se sentirá a gusto con su compra cuando se percate de que la novela que acaba de recibir en su casa tienes faltas de ortografía, que está mal maquetada (márgenes, paginación, blancos tipográficos, tamaño de fuente, etc.) y que, en términos generales, su presentación deja mucho que desear? Pensémoslo así: es casi como si comprara un producto defectuoso, con la diferencia de que no lo puede devolver.

Para evitar esto, algo que te puede ayudar es avocarte a una editorial de coedición, en donde un grupo de profesionales le darán un aspecto profesional a tu libro, como cualquier otro que veas en las librerías.

Como ves, estos cuatro factores podrían arruinar tu ilusión de convertirte en un autor «leído» y hacerte pasar por malos momentos en relación con el éxito o recepción de tu libro. Lo fundamental aquí es que no pierdas nunca de vista al individuo que tendrá la última palabra en todo el proceso: el lector. No se trata de que escribas «para él», siguiendo al pie de la letra sus exigencias y sus gustos, y dejando de lado los tuyos.

No, se trata de que tengas presente que sin él, sin su rol, no se produce el hecho literario. Por lo tanto, cada vez que escribas, tenlo en cuenta.

 

 

 

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Comentarios (2)

  • felix victor miranda riveros says:

    Gracias por los comentarios que escriben. Son de mucha utilidad para tenerlos en cuenta, antes y después de escribir. Sigan por este rumbo.

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