¡Bienvenida, Andrea! Muchas gracias por hablar con nosotros sobre tu libro Stigma (editorial Tregolam), en el que el internamiento en un neuropsiquiátrico es el punto de partida para recorrer de manera intermitente una durísima niñez hasta llegar a una etapa latente de autodestrucción y dolor. Nos hemos emocionado mucho conociendo tu historia. ¿Cuál fue el punto de inflexión que te llevo a contarla?
Un día hablando con uno de mis hijos me dijo que debería escribir un libro. Leí los garabatos que había escrito en mis períodos de depresión y pensé: «¿Por qué no?».
Siento tal vergüenza de escribir sobre mi niñez o carencia de ella que no me atrevo leer mi libro. Eso es lo que experimentamos las víctimas de los pedófilos. Sentir que somos los culpables de provocar ciertas situaciones. Es muy común que sean un amigo de la familia.
Nos sentimos desamparados, nadie nos protege y ni nos escucha. Me atrevería a afirmar que es uno de los factores que causan la bipolaridad.
Algunos de los relatos más difíciles de escribir han sido mis abortos. A pesar de que han pasado décadas, la intensidad de mis sentimientos no ha disminuido.
El libro fue una terapia, efímera, en la que volqué mis pensamientos sobre papel. Las enfermedades síquicas siempre han sido tabúes en la sociedad. Un enigma, una locura.
Cuando uno se quiebra una extremidad, la gente nos comprende, pero si se quiebra el alma no, porque no se ve.
Después de muchos internamientos en una clínica, rogué a los médicos que no me dejasen ir a mi casa sin un diagnóstico y sin prestarme la ayuda correcta.
Cuando por fin recibí mi diagnóstico, todas las piezas del rompecabezas encajaron en su lugar. Me dieron ganas de gritar: «¡Soy bipolar!». En esa avidez de informar en mi trabajo, perdí amigos, mi trabajo y mi buena economía.
Leí toda la información posible para denunciar a mi jefa por discriminación, pero fue más difícil volver a mi trabajo.
Mi experiencia es la de no ser sinceros ante los demás. Nos observan cómo si fuésemos Alan Bates o Virginia Wolf. La bipolaridad no tiene cura. Desgraciadamente, abundan profesionales que solo nos dan una palmadita en el hombro.
Al escribir o pintar, doy palabras o muestro imágenes de mis pensamientos. El sentimiento de vergüenza siempre estará golpeando tu puerta, pero no somos culpables de haber sido violados por los adultos que debían protegernos.
Si no se habla de ello, no existe. Nos quedamos solos, sentados en los adoquines, abrazando nuestras piernas y con una nube gris a nuestro alrededor. Somos una presa fácil para los depredadores.
Pasaron diez años del último encuentro con Esther. A pesar de que ella era anciana y decía blasfemias, se dio cuenta de que no me culpaba ni me causaba tristeza pudimos hablar de trivialidades. Yo tenía muchas preguntas que solo ella me pudo responder. Aproveché su egolatría, pues le encantaba hablar de sí misma. Me pasaba el tiempo con ella. Cuando quise hablar de los pedófilos de mi infancia, me dijo que no quería saber lo que me había ocurrido de pequeña.
Decidí buscarla porque ella podía darme las respuestas necesarias para mis preguntas. Estaba muy ansiosa de encontrarla. Tras tres viajes a Argentina, por fin me sentí completa.
Tengo tres hijos, uno de ellos no me ha perdonado de ser bipolar. Hace seis años que rompió la relación. Me acusa de sus fracasos, pero pienso que él es responsable de su libre albedrío. Le pedí que fuésemos a terapia. Mi psiquiatra me consuela con que tengo dos hijos más, pero la pérdida de un hijo no se puede reemplazar.
Cuando mis otros hijos comprenden que estoy entrando en una depresión, que comienza con cosas tan simples como no subir las persianas o no contestar al teléfono, se alejan. Hace unas semanas uno de mis hijos me dijo que qué madre no contesta el teléfono. Esas pocas palabras bastaron para volver a bajar las persianas. Algo se resquebrajó como un espejo donde veo mi alma hecha añicos.
No quiero que mis hijos lean el libro. Estoy cansada de pedir perdón. Es como el mito de Sísifo y la piedra: cuando él cree que ha llegado a la cima, la piedra vuelve a caer.
Yo no quería ver la realidad, la carencia de amor nos lleva a aferrarnos del mínimo hilo, la última esperanza de nuestra existencia.
Noemí es una persona sincera. Como bipolar experimentada, se pueden intuir qué relaciones resultarán un chasco. Alguna vez caemos en esa maraña porque queremos dejarnos llevar por una ilusión, un deseo de ser normal.
Me llevó una década aceptar que la amistad con Ofelia se basaba en los miedos que tenía de me abandonase. Requería energía. Me liberé de ella al mismo tiempo que de Esther.
Cuando estoy en una situación conflictiva siento que me van a abandonar. Dedico muchas horas, días incluso, culpándome de que, si hubiese hecho las cosas de otra manera, estaría en harmonía conmigo misma. Muchos bipolares se exponen a situaciones autodestructivas, peligrosas, de alto riesgo. Creamos una dependencia con nuestra pareja porque tenemos miedo de ser abandonados. ¿Quién nos va a querer? Hemos escuchado durante la infancia que no valemos nada, que somos de carácter débil porque nos ponemos tristes o lloramos cuando nos sentimos culpados.
La relación con Goran fue una relación destructiva. Me llevaba hasta el límite de cortarme para después consolarme. En el momento que me liberé de Esther, me liberé de Goran.
Tengo miedo de entrar en una relación, yo soy la única que me puede proteger.
La última vez que fui a Argentina fue en 2018. Esther falleció unos pocos meses después de nuestro encuentro. Los tres últimos años me quedaba en un hotel. Nadie sabía cuándo iba, quería evitar encontrarme con gente que fueron la causa de que volviera a Suecia destrozada. En los asados mis «amigos» bromeaban sobre que debía tener mucha tolerancia al alcohol, pues Esther y Óscar eran alcohólicos. Se reían de mí, no conmigo.
La razón por la cual he ido a Argentina estos últimos años era porque tenía muchas preguntas que solo Esther me podía responder. En el último viaje logré la independencia total de Goran. Nunca más nos volvimos a ver. Ya no volvía con mi nube gris.
Deseo que los lectores experimenten un alivio al leer mi libro y que mis palabras den luz a sus pensamientos, a su vergüenza y a sus heridas físicas y psíquicas.
Para terminar, nos gustaría dejarte un espacio para que puedas compartir con tus lectores lo que quieras.
Bipolar, genios o locos. No quiero decir que soy bipolar porque es un estigma. Los médicos me encuentran en buena condición física, no me ven como una enferma mental.
Me veo demasiado bien para estar enferma. Durante toda mi vida he estado en el infierno de ida y vuelta. El ser normal es una quimera para un bipolar. Las relaciones se tornan distantes. De una palabra dicha al azar, construyo un palacio. En los episodios maniáticos, somos invencibles, tenemos ideas brillantes, gastamos dinero descontroladamente, somos el centro de la fiesta, decir sí a todo lo que nos prometa una aventura. En los de euforia, en mi caso, compro pasajes para algún país, pero, cuando llega el día, me entra la depresión. Muchas celebridades han sido y son bipolares.
Cuando la euforia pasa, deja una depresión. En esta etapa, somos creativos, queremos que nos dejen en paz, ya que tenemos que estructurar nuestros pensamientos que son un caos, y que no nos molesten. Personalmente, como comida chatarra, lo que me hace aumentar unos quilos. Eso provoca que sufra episodios bulímicos: me atiborro de cosas dulces para luego vomitar, y dejo de ir al gimnasio porque no tengo fuerzas y porque no quiero ver mi imagen en los espejos como consecuencia de la ausencia de amor propio que tengo.
La vajilla crece en el lavatorio; pasan días sin ducharnos y cuestionamos nuestra existencia. Perdemos familia y amigos a causa del encierro o por la falta de interés. Las promesas que hicimos en los primeros episodios de manía no las podemos cumplir en la etapa de la depresión, y eso nos genera culpa y frustración. Al salir tengo que abrir y cerrar la puerta varias veces. Controlo también varias veces que la cafetera esté apagada.
Quisiera que mis líneas alocadas sean de ayuda para el lector.
¡Muchas gracias por atendernos, Andrea! Te deseamos todo el éxito del mundo con tu obra Stigma, ya disponible en las librerías online.
- Nombre: Andrea Dib Solari
- Género: autobiografía
- Biografía: Nacida en Buenos Aires, Argentina. Estudió Onkologi y Biología en la Universidad de Lund, Suecia. Actualmente reside en Suecia junto a sus hijos, nietos y su gato Sushi.
- Redes sociales: Twitter
- Obra: Stigma
Sobre el autor
Andrea Dib Solari
Nacida en Buenos Aires, Argentina. Estudió Onkologi y Biología en la Universidad de Lund, Suecia. Actualmente reside en Suecia junto a sus hijos, nietos y su gato Sushi.
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