Cinco consejos para convertirte en escritor

por Tregolam en Artículos Literarios
Cinco consejos para convertirte en escritor Cinco consejos para convertirte en escritor

Antes de comenzar con el desarrollo de este artículo, que promete una guía para escritores que se inician en el mundo literario, es importante destacar que ser escritor, convertirse en uno, es una carrera de fondo que no termina nunca. Como tampoco significa que ser escritor es tener uno o dos libros publicados, aunque sin ellos, claramente, no se entendería lo primero.

Uno no se convierte en escritor por la sencilla razón de que escribir es una profesión y no un trabajo (por lo menos para la inmensa mayoría de los mortales), distinto es, naturalmente, que cobres por ello.

Dicho esto, te presentamos una pequeña recomendación de cinco consejos para convertirte en escritor.

 

1. Matricúlate en talleres y cursos literarios

Antes de que hagas la pregunta de rigor, te contestamos nosotros: sí, sí sirven los talleres de escritura. Y sí, sí se aprende y mejora participando en uno de ellos.

Otra cosa es que el taller al que asistas no sea bueno, pero todos los profesionales serios del gremio dan por descontado que un taller literario ayuda a apuntar una serie de conceptos, ideas y métodos que son absolutamente necesarios para convertirte en escritor.

Para no reusar el debate, es cierto, como en el fútbol, que hay personas que, por su desarrollo personal, formación y trayectoria, tengan más facilidad y talento para escribir. Todos conocemos la historia de grandes escritores autodidactas que jamás pisaron el suelo de una escuela de escritura y que son, como Kafka o Saramago, los más grandes de su tiempo.

Sin embargo, que el árbol no te tape las vistas, y es bueno hablar de todos aquellos que sí han mejorado gracias a la formación académica. Los ejemplos son miles, desde Norman Mailer (que pese a ser ingeniero tomó todos los cursos de escritura habidos y por haber en Harvard) o Donald Ray Pollock, que antes de dejar la fábrica de papel donde trabajó toda la vida, se le ocurrió hacer un breve curso en la Universidad Estatal de Ohio para convertirse en la revelación de las nuevas letras norteamericanas. Son incontables los escritores consagrados que han estudiado o asisten a programas de escritura o letras en universidades y gracias a ello han aprendido a escribir.

Hay, al respecto, una falsa creencia relativa a que los talleres de escritura creativa solo sirven para “quitar” el estilo personal de un autor para achatarlo y hacerlo pasar por el aro del convencionalismo. Por supuesto, esa es otra de las tantas mentiras que andan dando vueltas: una buena escuela te enseña a escribir, si no lo sabes, y te hace más talentoso si ya lo eres. Pero además te permite entender la literatura desde una perspectiva nueva, comprendiendo las técnicas, los recursos y las herramientas que puedes utilizar para escribir tu historia.

Por tanto, no pierdas tiempo: comienza por un buen taller de escritura (si es específico del género que más te gusta, mejor) y aprovecha cada clase al máximo.

 

 

2. Lee, lee, lee… pero no cualquier cosa

Nuestros padres solían repetir aquella frase de que “Leer es bueno siempre, lea lo que lea”. Mentira. No todo es bueno, ni todo enseña a escribir. Este punto, por supuesto, está ligado al punto anterior. ¿Por qué? Porque en los talleres y cursos literarios encontrarás la orientación perfecta para leer aquellos autores que por su naturaleza (y tu estilo e interés) te ayudarán a convertirte en un escritor.

No se trata de que haya buenos o malos libros, se trata de saber hasta qué punto aquello que quieres escribir (y la forma de contarlo) ya se escribió antes y no tiene demasiado sentido romperse la cabeza inventando la rueda de la bicicleta.

El principal fracaso de las personas que quieren convertirse en escritores y no lo logran se debe a su poca o mala lectura. Siempre hay tiempo para retomar la lectura, pero no pierdas tiempo: hay demasiados libros buenos que no conoces a la espera de ser leídos y demasiados libros malos que solo retrasan tu formación e inspiración.

Si te gustan los cuentos, deberás empezar por los padres fundadores (no des rodeos), Carver, Borges, Cortázar, Maupassant, John Cheever, Chejov y muchos más. Investiga, no te quedes con lo primero que veas, vete a las raíces. Habla con la bibliotecaria de tu barrio, pregunta.

Si amas la novela negra, por ejemplo, investiga sobre sus raíces, desempolva a Chandler, James Ellroy, Capote… No pierdas tiempo con los nuevos libros y bestsellers; esos autores, en muchos casos, utilizan fórmulas ya explotadas, y solo copian herramientas creadas por los clásicos del género.

Pero, además, si amas el genero policiaco, lee poesía, ensayos y géneros que, en principio, nada tienen que ver con lo que te gusta. Muchos de los grandes escritores, como Raymond Chandler (que se considera uno de los fundadores del género) amaban la poesía y el ensayo social.

Si escribes sobre un contexto dado (por ejemplo: la corrupción dentro de la policía), aprende todo (y todo es todo…) sobre ese entorno y el día a día de un policía: la literatura está determinada por el contexto social que la atraviesa. Si no eres capaz de comprender eso, nunca serás un gran escritor.

Como ves, no solo se trata de leer, leer y leer… se trata, además, de leer bien y aprender.

 

 

3. El poder de la autocrítica. Aprende a tirar escritos

Ningún autor nació sabiendo o, cuando menos, haciéndolo bien. Todo escritor pasa necesariamente por un proceso de aprendizaje y experimentación. En un proceso natural, posiblemente a causa de los dos primeros puntos señalados en este artículo: el conocimiento de nuevas técnicas aprendidas en un taller literario y la influencia de lecturas edificantes. Por tanto, pasarás (dalo por hecho) por un largo proceso en el cual creerás que ya tienes tu punto de cocción: créeme, no es así. El resultado del aprendizaje, la lectura y la constante escritura (hablaremos de ello en otro punto) deja como resultado un espacio lúdico (pero agotador) de experimentación. ¿Cuándo termina ese proceso? Imposible saberlo, pero cuando llegue lo sabrás. Es como la tostada que salta, llega y ya no hay vuelta atrás. Es el momento, quizás, en que la literatura cobra una belleza subordinada a las ideas, es la mejor etapa de todo artista, el momento, digamos, en que por fin te conviertes en escritor. O casi, ahora viene lo peor: por fin sellar un pacto complejo, un ménage à trois entre el estilo, las ideas que quieres contar y la estructura (es decir: cómo quieres contarlo).

Todo el proceso anterior, hasta llegar a esta dulce luna de miel, implica ser capaz de recibir las críticas en su medida justa, de comprender que toda evolución implica ir superando etapas. Pero dichas críticas no deben ser solo de gente conocedora (en ese sentido, volvemos al punto 1: talleres, cursos, clubes de lectura, etc.), sino de ti mismo.

Si has completado adecuadamente las etapas anteriores, si has participado en talleres, si has leído lo imposible y si has escrito como si no hubiera un mañana, estarás, además, en condiciones de ser tu mejor crítico. Muchos escritores, a la hora de presentar una obra maestra, tienen la extraña sensación de que o bien es una obra maestra o bien es una basura. Es solo una fábula: cualquier escritor profesional o con mucha experiencia sabe lo que tiene entre manos y ese conociendo, independientemente de las posibles mejoras que haya que darle, es la certificación de un ser escritor.

Pero si crees que lo primero que escribes es bueno o lo mejor (o dicho de otro modo: que ya no tienes margen de mejora), jamás llegarás a entender lo que aquí estoy escribiendo.

 

 

4. Abrirte al mundo

Una muy buena recomendación, gracias a los nuevos tiempos, es la de experimentar publicando textos en blogs o en plataformas de creadores. Hay muchas, puedes buscarlas en internet. Las más recomendadas son aquellas que tienen un público activo y en movimiento. Este tipo de ejercicios es ideal para obtener un feedback desinteresado de personas que no conoces. Los buenos escritores, sean de donde sean, siempre se destacan. Podrás comprobar hasta qué punto aquello que estás experimentando tiene potencial (y solo potencial) para seguir adelante y transformarlo, tal vez, en una novela o conjunto de relatos.

Además, en estos ámbitos la competencia es brutal, pero nadie se resiste a felicitar un texto bien escrito, una idea original, un comienzo aberrante o dar un consejo propicio.  Sabrás, en todo caso, entender cuáles comentarios son honestos y útiles, y cuáles son solo morralla envidiosa.

Sobre esto te recomiendo este excelente artículo.

 

 

5. Publicar: la borrachera que confunde…

Y como es evidente, llegamos al último punto: publicar un libro. Nos guste o no, somos escritores en tanto publicamos un libro. Es injusto y en muchos casos sesgado, pero es la realidad. El mundo editorial, como cualquier colectivo con autoridad, es un corpus, un grupo más o menos reconocido de personas que, se supone, saben mucho y son esas personas las que lo convierten a uno en un escritor. Académicos, editores, agentes literarios, profesores, un librero, etc., son, como en cualquier rama del arte, quienes determinan quién es o no un escritor. Esta es una mentalidad decimonónica y, muchas veces, tremendamente errónea. Pero es lo que hay.

Aquí es necesario hacer una salvedad: publicar no significa, necesariamente, tener un librito en las manos. Puedes ser un escritor publicado sin tener un solo libro en solitario. ¿Cómo? Pues formando parte de antologías con otros escritores, ganando concursos literarios, publicando tus creaciones o artículos en revistas especializadas, etc. Es decir, en cualquiera de los formatos donde otros (el jurado de un concurso oficial, un editor, un director editorial, un consejo editorial de una revista) legitimen tu trabajo y lo destaquen sobre el resto.

De todos modos, recuerda: si has cumplido, en tiempo y forma, los cuatro puntos anteriores, este proceso llegará, tarde o temprano, solo.

En este punto hay que abrir un paréntesis sobre un tema que, de alguna manera, también forma parte del proceso de convertirse en escritor: la autopublicación de un libro. Hay, en este punto, demasiados peros y aclaraciones a tener en cuenta que nos llevaría otro artículo completo. Pero, en síntesis, la pregunta del millón es: ¿Te convierte en escritor autopublicarte?. Si seguimos en razonamiento anterior, no.

Sin embargo, el mundo editorial cambia a una velocidad tan vertiginosa que es necesario matizar esa opinión. Uno de los atenuantes más evidentes es que el mundo editorial está en off. Estamos en uno de esos momento donde todo se mueve y, como decía Engel, lo sólido de desvanece en el aire.

En este sentido, son las mismas editoriales tradicionales (nuevas o viejas), junto a la evidente crisis del libro (recomiendo este artículo), quienes han roto las reglas del juego: no apuestan por nuevos talentos y por lo tanto, el capital de renovación cultural está atascado. Esto es un problema muy grave porque, nos guste o no, son las nuevas voces quienes generan las pequeñas revoluciones culturales, rompiendo con lo establecido (lo que antes se llamaba «vanguardias»). Las nuevas realidades requieren nuevas formas de narrar y de hacer literatura. Por otro lado, si no hay lugar para nuevos escritores (no importa la edad, sino lo que tengan para decir) cuyas vidas se desarrollan en contextos distintos a los escritores del «establishment literario» (mainstream) también se rompe el relato sobre nuestro tiempo y su forma de contarlo. Vuelvo a matizar sobre esto, no siempre es así, pero su tendencia es indudable…

Si uno se sumerge en las corrientes literarias descubrirá que cada generación de escritores, en cada tiempo determinado, estaba «preocupada» por un tema en concreto y ese tema (o temas) formaba parte de su autoafirmación como creadores.

Por ejemplo, para la generación del ‘98, su mayor preocupación, y que forma parte del gran corpus existencial, luego de la pérdida de las colonias españolas y otros episodios, fue el «ser español» y la ausencia de la grandeza pasada. España se sumerge, a toda velocidad, en el tercer mundo europeo.

Como dice Paloma Benavente, licenciada en teoría de la literatura y literatura comparada: “[la generación] del 98 simboliza la pérdida dolorosa de los últimos retazos del imperio español. Se perdió Cuba y nuestras fronteras se quedaron pequeñas. Se vuelcan en el paisaje de Soria, en los colores de los árboles típicos, en Castilla León, en lo propio, tan manso, tan quieto, pero con una belleza propia, el Duero atravesando pueblos del interior…”

Es decir, hablan sobre la identidad de su tiempo, la moral, la pobreza. Por otro lado, la generación del ‘27 se centra en la ruptura de las estructuras literarias justamente establecidas por la generación del 98, influenciadas por el surrealismo, en contra del romantisismo y el formalismo porque entienden que dichas estructuras ya no pueden explicar la realidad.

Todas ellas hablan, en sí, de lo que les preocupa de su tiempo. En ese escenario, ¿quién habla de la precarización laboral actual? ¿De la pérdida de la estabilidad laboral? ¿De la ruptura del relato del academicismo, traducido en el «estudia y triunfarás» para la generación más preparada de la historia de España?

Este paréntesis concluye, en realidad, en el necesario relativismo sobre la autopublicación. Merece, aún con toda su inmensa cantidad de basura que se publica sin la menor integridad, un capítulo aparte para intentar separar la paja del trigo y encontrar, en esa «libertad», la formulación teórica de estos tiempos. No es fácil por la obvia anarquía que acompaña este fenómeno, pero no quiere decir, bajo ningún punto de vista, que haya que despreciarla.

En última instancia, apelamos a cierta moral autocritica para aquellos autores o apasionados de las letras que habiendo cumplido los pasos anteriores y se sientan realmente preparados, accedan a una autopublicación responsable y cuidada.

 

 

Por Nicolás Mattera

Sociólogo y escritor, director de Tregolam.com

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Comentarios (3)

  • Eva says:

    Uau, qué bien escrito, y qué útil.

  • Jorge Orlando Cianci says:

    Excelente articulo, muchas gracias ….

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