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Entrevista con Viviana Cordero, autora de “El teatro de los monstruos”

Buenos días, Viviana. Es un placer poder entrevistarte. En el año 2000 publicaste El teatro de los monstruos, una impactante novela sobre ese tiempo que se va y que no vuelve, la adolescencia irreverente y las vivencias que forjan (a veces de forma fortuita, a veces no) la personalidad que nos acompañará durante el resto de nuestras vidas. ¿Qué «monstruos» fueron aquellos que te llevaron a escribir esta historia y cuándo comenzaron a rondarte?

Yo quería inmortalizar a seres que consideraba diferentes, especiales.  A los veintidós años leí la novela On the Road (En el camino) de Jack Kerouac. Quedé fascinada con ese tipo de personas que no tienen miedo de experimentar, de lanzarse con todo a la vida. Yo, en cambio, era una chica muy seria y tímida. Sin embargo, no podía resistir aquel encanto especial de todos quienes se aventuraban, sin temores (y si los tenían, los superaban), a transitar cualquier camino. Me aburrían los jóvenes ya encorvados por sus serios planes de carrera y de vida.

En aquellos años todavía pensaba, ingenuamente, que la juventud duraría toda la vida. Los ochentas eran aún una década ingenua, no tanto como los setentas, pero no se valoraba el efecto dañino de las drogas con la magnitud actual. Hoy, un joven que abusa de las drogas es considerado un perdedor. A la época, era alguien fuerte, que podía con ellas, que no perdía el control. A lo largo de mi vida, conocí varios de estos seres desenfrenados, confiados que llegarían lejos, a la búsqueda de nuevas sensaciones, enemigos a muerte de las rutinas y renuentes a afincarse en un solo sitio. Querían, o al menos así lo percibía yo, que la vida fuera una permanente invitación a vivir lo diferente, un viaje a la locura y a lo inesperado, tal como reza el célebre himno Born to be Wild.

Mi sueño de ser escritora hacía que viera a estos individuos con ojos de personajes literarios, que les dotara de las cualidades de Dean Moriarty y de Jack Kerouac. Comencé a escribir esta novela a los veinte años. De cada hazaña o aventura que me enteraba, yo iba generando nuevas historias que, finalmente, se plasmaron cuando publiqué Monstruos catorce años más tarde. Para esos días, la obra fue un viaje al pasado, a la nostalgia, pues la vida ya nos había caído encima. Cada uno cargando responsabilidades y deberes de persona adulta. Quienes no habían querido, o podido, pactar con la vida seria, estaban ya muertos o viviendo a medias en centros de rehabilitación.

 

Sin embargo, la importancia de esta entrevista radica, sobre todo, en el hecho de que acabas de relanzar la novela en versión digital. ¿Cuál es el motivo de ello? ¿Por qué primero esta y no cualquier otra de tus otras cuatro novelas?

Pienso que Monstruos ha envejecido muy bien. Las nuevas generaciones que la han leído en Ecuador, donde va en su quinta edición, se sienten igual de cautivadas que la generación vigente en el año 2000. Percibo que quienes han leído esta obra (colegiales, universitarios y adultos) la entienden y se encantan con la trama. He sentido lo mismo con los relativamente pocos lectores fuera del Ecuador.

Creo que este tránsito de la adolescencia a la vida adulta es una historia que trasciende fronteras. Creo que no importa tanto donde esté ambientada la novela (Quito en este caso) porque es una trama universal. Y el libro digital es una fantástica manera de lanzar una obra al mundo entero. Basta entrar a Amazon u otra librería virtual y hacer un clic para, en pocos segundos, tener una novela en tus manos.

Como digo en el prólogo, es cierto que mucho ha cambiado, que ahora los jóvenes no conciben vivir sin las redes sociales, pero la problemática del adolescente y del joven adulto no ha cambiado. El desamor y el desencanto siguen iguales. Muchos exploran el punk y especies de hipismo y, aunque sea vintage, lo siguen buscando. Quizás han madurado en algunos aspectos, como dice la canción de Joan Baez: «Sabemos quién fue Janis Joplin, pero también conocemos lo que se inyectaba».

Las demás novelas también voy a relanzarlas, pero siento que debía comenzar con Monstruos para poder sentir cuánto puedo llegar al vasto mundo de lectores latinoamericanos y españoles. Espero que muchos jóvenes se identifiquen con Raúl, Milena, Electra o Sinatra, y también que muchos adultos miren hacia atrás y se observen en este espejo.

 

Los protagonistas de El teatro de los monstruos viven en una carrera contra el tiempo y sus recuerdos se llenan de una simbología tan necesaria como el respirar. ¿Hasta qué punto siguen viviendo en su pasado y hasta qué punto aceptan el presente?

Los cuatros personajes viven su presente. Ellos no se aferran al pasado, pero lo recuerdan con gran nostalgia. Es por el diario del difunto Raúl y por el pedido que les hace Milena que Electra y Sinatra regresan al pasado.

Tal vez quien más se aferra al pasado es Electra, pero igual se centra en su sueño de casarse con el Galgo y ser parte de un presente con él. Milena sigue con lo suyo, se casa, luego se separa y parte a hacer un posgrado. Si bien recuerdan su juventud, luchan a su manera por seguir adelante. En el caso de Raúl, él es siempre del presente. Muere con una nueva ilusión. Sinatra, a su vez, siempre brega por salir adelante. Lo acepten o no, pienso que se resignan a sus situaciones de vida. Sinatra viaja, se vuelve publicista y, al final, toma una de las decisiones más drásticas, que es terminar con Milena para poder seguir viviendo su vida y aceptar su destino.

 

Por otro lado, Milena tiene una personalidad muy distinta a la de sus compañeros (ella misma comenta que no sabe por qué eligió a ese grupo de marginales como amigos). ¿Qué es aquello que la hace distinta y que la lleva a pedirle a sus amigos esos diarios? ¿Y por qué a veces utiliza la tercera persona para hablar de ella misma?

La verdad es que pienso que las personas que viven sus vidas con alta intensidad, muchas veces no observan las de las demás. Creo que en el mundo cohabitan seres de acción y seres de observación. Yo soy una observadora, no una persona que se lanza a las grandes aventuras. Me han sucedido pocas, en realidad, pero me fascina escuchar y vivir de segunda mano lo que han logrado los demás. Es lo que me nutre como escritora.

Probablemente por eso soy, valga la repetición, escritora. Siento que Milena es mi alter ego. Vive aventuras a través de sus amigos, si bien ella no se atreve a lanzarse. Por eso escoge la carrera de psicología, para analizar, porque le atraen mucho los distintos rasgos de las personalidades de los seres humanos. Es algo más fuerte que ella. No puede ser uno de los monstruos, pero vive pegada, anclada a ellos y a sus aventuras, como si no concibiera la existencia sin sus locuras. Su vida es banal, aburrida. Se centra en sus estudios. Jamás se atrevería a soltarse el pelo, por eso lo lleva siempre recogido en la larga cola de caballo color uva, porque tal vez es demasiado cobarde. Pero, a la vez, es quien logra rescatar las historias de sus amigos, quien los inmortaliza ya que a Milena le parecen especiales, distintos, maravillosos. En todo grupo siempre está el cuerdo. Milena juega ese papel y, al tiempo, se juzga a sí misma y se da perfecta cuenta de sus debilidades. Por eso utiliza la tercera persona, porque ella tiene la capacidad, como científica que es, de analizarse sin dolor, como quien estudia un cuerpo en anatomía. Ella estudia su ser, su vida y, si se atreve a pedir a sus amigos que narren sus historias, si se atreve a desempolvar los diarios de Raúl, es justamente para permitir que el resto observe y juzgue a su manera.

Por otro lado, su único gesto de valentía y de no tener miedo de saltar al vacío es el de ser implacable con ella misma. Ese es su valor. A la hora de escribir sobre ella misma, no se mide, no se perdona. Hay escritores que viven aventuras y luego escriben sobre ellas. Milena encarna al escritor que gusta de las vidas ajenas, de enaltecerlas. Finalmente, sin ella, nada de esta historia se hubiera conocido, pues fue Milena quien les presionó para que cada cual escribiera lo suyo. En este juego, cada uno da su versión, pero Milena es quien los guía, y por eso creo que ella es el cimiento de la novela. Sin Milena, los monstruos no existirían. Ella representa el orden y el equilibrio que necesitan para vivir y seguir adelante. Ella, en cambio, se nutre de la locura y la pasión de sus amigos para darle un sentido a su ordenada existencia.

 

Nos ha gustado mucho el perspectivismo que ofrece tu novela porque consigue crear unos personajes con un trasfondo psicológico arrollador. ¿Hasta qué punto podemos fiarnos de las impresiones de cada uno sobre los demás? ¿Cuánta ficción creamos nosotros en nuestras relaciones humanas?

Dice Mary Karr en el Arte de la memoria que cada realidad es irreal. Es nuestra versión de los hechos. Como en la película japonesa Rashomon, cada personaje da su versión de lo que ha ocurrido y ninguna es real, al mismo tiempo que todas esas versiones son ciertas. La visión de Milena es una, la de Electra en parte es similar y en otras muy distinta. Lo mismo sucede con las de Raúl y Sinatra. En la vida todo es relativo. Cada uno se ve en el espejo a su manera, y de igual forma a cada uno de los otros. Lo que dice una persona, su interlocutor la interpreta de una manera completamente diferente, y ahí es donde radica el problema de la existencia, en el de transmitir y receptar sentimientos y percepciones. En estas incomprensiones nacen los conflictos. La clave y el desafío radican en entender las situaciones, acorde a cómo las ha vivido cada uno. Milena no quiere herir a Sinatra, su mejor amigo, pero él se siente traicionado. Raúl nunca se da cuenta del amor que siente Milena hacia él. Electra está tan enrollada en sus líos que no comprende que Raúl es su puerta de salvación. La vida es así. Las impresiones de cada uno acerca de los demás son eso, impresiones, completamente subjetivas. Creemos en lo que nosotros deseamos creer, he ahí la locura de la existencia y de nuestras reacciones.

La segunda pregunta es tremendamente fuerte. Somos seres que vivimos creando ficciones en nuestras mentes. Cada uno inventa su propia historia, cada uno mira su propia película. Uno de los desafíos de esta novela es, precisamente, el que no haya una sola historia, sino cuatro completamente distintas, y todas igual de coherentes. Dice Kierkegaard que la vida solo puede ser entendida en retroceso, pero que tenemos que vivirla para adelante, pero en retroceso ya no es real, ya pasó al campo de la ficción. Ya nada es exacto a lo que realmente sucedió.

 

Además, si bien esta transición hacia la adultez es común a cada uno de los mortales, cabe destacar la importancia que tiene el factor geográfico en tu novela. Por mucho que ellos se encuentren en París o en Londres, Quito vive en ellos, y allá es adonde vuelven todos finalmente. ¿Por qué les cuesta tanto deshacerse de sus raíces? ¿Estamos todos “condenados” a lo mismo?

Pienso que sí. La gente emigra de muchos países y se radica en diferentes partes del mundo y, en algún grado, mantienen sus raíces y alguna dosis de añoranza. Pero, por alguna extraña razón, que podría ser hasta energética, Quito, ubicada en la mitad del mundo, atrae como imán. Docenas de conocidos y amigos míos que prometieron no volver, aquí están de vuelta y, en muchos casos, descontentos. Obviamente, el ser humano tiende a preservar sus raíces, pero me asombra lo poco que sale la gente de Quito. Si bien en la primera década del 2000 hubo mucha emigración, incluyendo a España, esta fue involuntaria, propulsada por una terrible crisis económica.

En una obra de teatro que escribí sobre la migración, todos los personajes repetían que la tierra de uno es la tierra de uno. Yo vivo en Quito, pero durante muchos años viví en París. Me gustaría volver a vivir en el exterior, no sé si estoy tan anclada a mis raíces, pero a mi alrededor observo a muchos decir que sí, que es muy duro dejar todo lo que se tiene y marchar a otros lares. Supongo que también se debe a que el Quito de los ochentas nada tiene a ver con el Quito actual. Era una ciudad muy libre, donde todos se encontraban en la calle, casi como una casa abierta a lo Zola, quien planteaba que el París del siglo XIX de Haussmann era una casa abierta donde todos se daban cita sin dársela. Algo así pasaba en el Quito de los ochentas y lo hacía único. Ahora la ciudad ha crecido muchísimo y cada uno hace su vida por su lado. Pero en mi juventud, todo lo hacíamos en grupo y siempre nos encontrábamos. Era algo muy especial y, tal vez, eso hacía que todos quisieran volver.

 

¿Cómo te enfrentas a un papel en blanco? ¿Las historias que escribes te llegan enteras de repente o vas descubriéndolas poco a poco?

El papel en blanco siempre es como un salto al vacío. Lo asocio a un salto en paracaídas (que, por cierto, no me he atrevido), pero lo imagino y retengo en la memoria a quienes me han dicho que, al momento de saltar, no sabes si el paracaídas se va a abrir. Supongo que empecé a escribir porque, en parte, soy muy irresponsable y audaz. En lugar de optar por una carrera segura, tipo periodismo o traducción, como me sugería mi padre, abandoné la Sorbona a un mes de sacar mi título base y me lancé a escribir. Algo en mi interior me decía que lo podía hacer y que esa iba a ser mi carrera. De haber comprendido lo difícil que sería, no me lanzaba. Supongo que ayudó el ímpetu de la juventud.

Hoy tengo miedo hasta de cambiarme de casa, de cambiar el orden de mis cosas ordenadas sobre mi escritorio. Sin embargo, la suerte ya está echada, y me toca enfrentar al papel en blanco con la esperanza de que no me fallará la inspiración y con la humildad de que, si falla, tendré que seguir sentándome frente a mi computadora, día tras día, a seguir garabateando ideas hasta que se forme una historia. No es para nada glamoroso, es hasta triste y solitario, pero lo amo con todas mis fuerzas. No lo cambiaría por nada. Toma tiempo, es una carrera de resistencia, pero me apasiona. Hay momentos en que quiero parar, pero nunca duran más de un par de días. Me he ido contra viento y marea por esto. Un amigo escritor, muy bueno en lo que él hace, un día me recomendó que botara una novela al tarro de basura. Lloré dos días. Me sentí indigna de mi profesión. Pero regresé y la reescribí, al punto que hoy la siento muy sólida.

En cuanto a la segunda pregunta, las historias que escribo me llegan muy poco a poco. No tengo claro cuando empiezo ni a dónde voy. El final aparece de pronto. En el caso concreto de Milena, boté a la basura cien páginas sobre ella, cuando la novela ya estaba terminada. Sentía que no hacían falta, pero tuve que escribirlas para llegar a su esencia. Sin ser creyente, sostengo que escribir es un proceso sobrenatural, que no lo hago sola yo, sino que tengo una ayuda externa de otra dimensión que susurra en mi oído. Decía la escritora Elizabeth Gilbert que uno no puede llevarse todo el crédito por lo que escribe, ya que intervienen el daemon de los griegos y el ingenium de los romanos, tanto en lo bueno como en lo malo. Siento que eso es cierto.

Hay una fe ciega que me hace creer que lo puedo lograr. Pero por eso mismo, hay días en que me llegan ideas de una línea y, en otros, de varias páginas. He aprendido a convivir con mi escritura, a escribir a lo largo de todo el día, aunque me he impuesto un horario obligatorio por la mañana porque sin disciplina no se llega a ningún lado. Hay mañanas de producción pobre y otras que acabo con las manos adoloridas. De vez en cuando, unos domingos que quisiera abandonar el almuerzo familiar o una excursión para correr a encerrarme en mi estudio. Me encanta una historia que cuentan acerca de García Márquez quien, de camino a la playa con su familia, recibió un soplo de su daemon con el final de Cien años de soledad. Dicen que García Márquez dio media vuelta y regresó a su casa a seguir escribiendo y terminar la novela. Su esposa lo apoyó y contaba fascinada que todos tuvieron que suspender las vacaciones. Tal vez yo no me atrevería a hacerlo, pero es así: a veces uno quiere dejar todo para escribir.

Se requiere mucha soledad. Sin presiones. Que no le obliguen a una a pensar en el almuerzo o en la cena. Mis hijos han sido muy comprensivos en eso. Hay momentos en que se ríen porque no les presté atención. Una de mis hijas sonríe y dice: «Mamá está escribiendo, aunque estoy sentada almorzando con ella en un restaurante». Sabe que mi cabeza se fue a otro lado. No es fácil vivir a caballo entre dos mundos. De verdad es algo complicado y eso que yo he logrado aprender a cambiar de chip. Me doy cuenta de que ya muy pocos se percatan de esta dualidad, no la llamaría bipolaridad, porque no lo es. Son simplemente dos mundos dentro de una mente, el real y el imaginario.

 

Una idea se repite clara a lo largo de todo el libro: el contraste que existe entre la vitalidad de la juventud («Eran jóvenes. Tenían muchos sueños, sueños que no se realizarían; proyectos que luego quedarían truncos. Tenían la vida por delante. ¿Quién quería dormir?», escribe Milena) y la decepción de la edad adulta. En tu caso, Viviana, ¿de qué forma adecuaste tus vivencias pasadas a ese nuevo escenario que se te presentaba por delante?

En mi caso personal, el cumplir treinta años marcó mi vida. Fue la edad en la que decidí ser madre, y eso me hizo entrar en la edad adulta con decisión. Eso sí, con una pequeña salvedad, pero para mí de vital importancia, y es que, paralela a mi profesión de escritora, soy directora de cine y ese es un mundo loco e intenso donde no se envejece. Es una profesión donde no hay edad. Estás con chicos muy, muy jóvenes, así como con gente adulta.

Yo nunca viví una vida de reglas, al contrario, me lancé a profesiones que son muy intensas, sin horarios. Creo que todas mis vivencias pasadas me han servido para crear novelas, películas y piezas teatrales. Nunca he pertenecido al «sistema» propiamente dicho. Yo puedo vivir en dos mundos, el rutinario de la vida adulta y el de mis personajes. No hay decepción en la vida adulta cuando uno puede refugiarse en la creación, porque uno escribe acerca de todo lo que uno anhela o desea.

La verdad es que valoro todas mis vivencias como fuente de creación. Además, pienso que en la vida uno pasa por etapas. Lo digo en la novela: la juventud tiene su magia, pero no debe durar eternamente. Uno atraviesa por diferentes ciclos de vida y eso me gusta. Enfrentar ahora mis cincuenta y cuatro años con madurez y seguridad, con nuevos proyectos, me encanta. No me siento vieja, me siento vital, y eso es lo más importante.

 

Las experiencias de vida de Sinatra, Electra y Raúl están plagadas de energía y peligros (las drogas, entre otras cosas, son sus acompañantes durante mucho tiempo). Son viscerales y atrevidas, y hasta cierto punto ese precipicio es el motor que les hace continuar. Tras dejar su adolescencia atrás, ¿dirías que esa osadía ha muerto o que se ha transformado?

Creo que algunos la superaron, tal como Raúl, que dejó la locura y las drogas para entrar en el mundo del arte que, de paso, es una droga mucho más potente. Otros, como Electra, se destruyeron por su fragilidad emocional. Ella no pudo con el paso del tiempo, con las muertes, con las drogas. La osadía en Raúl se transformó, lástima que la muerte no le permitió seguir creando. En Milena, la osadía se dio con el pasar del tiempo, cuando se atrevió a escribir y a sacar los escritos de sus amigos. En Sinatra, con sus decisiones de vida. En él también la osadía se fue transformando. No creo que él haya quedado estancado. Es un ser valiente que ha sufrido demasiado, pero nunca se desmoronó.

 

¿Te ha ayudado la literatura a forjar la persona que eres hoy en día? ¿De qué manera?

Soy quien soy gracias a la literatura. Si existe la reencarnación, quiero seguir como escritora en una próxima vida. La literatura te permite enfrentar la vida, aceptar lo que llega, entender a los seres humanos, entenderse a uno mismo. La literatura es una forma de vida. Y también el mejor de todos los escapes. Los libros son, de verdad, los mejores amigos en todo sentido. Sin literatura me sentiría desamparada. No concibo la vida sin escribir. No aguantaría el día a día sin leer.

Al dedicarme a escribir, me fui condicionando a convertirme en una observadora. La vida nunca es aburrida cuando uno es escritor porque, en cada momento, uno encuentra historias. Uno deja de pensar en uno mismo para irse a la vida de sus personajes, y eso es único, prácticamente indescriptible. La literatura me tranquiliza y me altera, pero me mantiene viva. Definitivamente la literatura me ha forjado. En todo sentido.

 

Como no queremos seguir insistiendo en el trauma de ese obligado abandono de la adolescencia y de la libertad, te retamos a que nos digas si hay algo positivo tras esa encarnizada batalla o si luego solo nos queda vivir «anclados al sistema».

Para nada. El «sistema» existe solo en la medida que nosotros queramos. Como dije antes, tal vez deba agradecer a mi profesión, pero yo tuve la suerte de no tener que «anclarme al sistema».

Uno puede volar en espacios cerrados, si uno se propone. Inclusive en la juventud, uno puede ser un prisionero del «sistema». No porque uno sea adolescente no hay «sistema» ni obligaciones, ni modas, ni hábitos. No hay edad para eso, depende de cada uno. Es verdad que las convenciones, las rutinas, las obligaciones diarias, nos obligan a centrarnos en una forma de vida muy convencional. Pero, al mismo tiempo, también está en nosotros el desafiarnos a saber cómo escapar de todo eso. La vida es lo que es: hay días negros y días luminosos, punto. Uno tiene que aprender a adaptarse. No es sencillo.

No admito el derrotismo. Trato de pensar que siempre hay una solución. Los jóvenes sufren mucho, lo he notado, porque no se encuentran. En cambio, cuando uno se ha realizado, la satisfacción del logro es inmensa. No sé si diría lo mismo si tuviese un trabajo de oficina de horario obligatorio. Tal vez debo agradecer que pude escapar a esa rutina. No es la suerte de todos. Y, sin embargo, yo me impongo una rutina, la de escribir diariamente cuatro horas por las mañanas. La literatura me ha permitido ser una persona más optimista. Al poder refugiarme en la escritura y en los libros, pues van de la mano, logro sobrellevar los dolores y los problemas de mejor manera. La considero una bendición y un regalo que me ha sacado de todo tipo de frustraciones y actitudes destructivas.

 

Antes de terminar la entrevista, nos gustaría dejarte un espacio para que comentes a tus lectores cualquier otra cosa que no te hayamos preguntado.

Creo que a lo largo de los años una de las cosas que más me ha intrigado es seguir despertándome cada día con pasión por lo que yo hago. Observo a muchos jóvenes que no saben qué hacer con sus vidas. Yo supe que quería ser escritora casi que desde niña. Lo confirmé a los diecisiete años, y nunca he tenido dudas. No obstante, mi convicción y mi pasión, cada vez que comienzo un proyecto, lo hago muerta de miedo porque no estoy segura de que me llegará la inspiración en los momentos oportunos. Al mismo tiempo, parto con una gran ilusión, pues sé que me va a acompañar a lo largo de muchos meses, tal vez años.

Cuánto quisiera que mis libros se lean en todas partes, pues es mi alimento para seguir escribiendo. Uno se nutre de los lectores. Me gustan las historias reales, de problemáticas reales. Todo ser humano tiene una historia y eso me apasiona. Me encanta indagar y luego sentarme a escribir. Me gusta reunirme con quienes han leído mis novelas y hablar al respecto. Cada lector tiene su propia percepción, y eso me parece fascinante. Estimo que soy lo suficientemente abierta para escuchar las críticas, sin que estas me quiten el sueño. Escribo lo que siento que debe salir, y ya. Queda lo que queda, después de un trabajo muy exigente.

Una frustración para mí es vivir en un país pequeño, donde la literatura no ocupa el lugar que se merece. Pero eso no se elige. Nací aquí y está bien. De aquí salieron mis Monstruos y eso es positivo. Disfruté mucho escribiéndolos. Fue un desafío intentar insertarme en la piel de cuatro personajes tan distintos los unos de los otros. Ser hombre en Sinatra y Raúl, y mujer en Electra y Milena. Y ahora, cuando releo Monstruos muchos años más tarde, para esta quinta edición, tanto la digital como la impresa, me emociono. Miro con cariño a los personajes y los siento cercanos. Hay mucho de mí en ellos y, al mismo tiempo, nada. Es una mezcla. A estas alturas, ya no sé qué salió de la realidad y qué me inventé.

Espero que, con esta nueva edición, muchos lectores se metan dentro de la novela y que, de esta manera, sus personajes se mantengan vivos por largos años.

 


  • Nombre: Viviana Cordero
  • Género: novela
  • Bio: El trabajo polifacético de Viviana Cordero como novelista, dramaturga y cineasta la convierte en una de las escritoras más influyentes de su generación. Viviana nació en Quito, Ecuador, en 1964. Realizó estudios de Letras Modernas en la Sorbona en París. Incursionó con su primera novela, El Paraíso de Ariana, publicada en 1994. Posteriormente, publicó El Teatro de los Monstruos (2000), Una pobre…, tan ¿qué hace? (2001), Mundos Opuestos (2010) y Voces (2011). Su próximo libro será publicado en marzo de 2019.Intercaladas entre estas obras, Viviana escribió y dirigió una serie de piezas teatrales muy comentadas: Mano a Mano, Tres, Escenas Familiares, María Magdalena la mujer borrada, De Arrugas y Bisturís, La Torera, Anatomía, Amor… Puertas Afuera, Amores.com, Bien Quedada o Mal Casada y ¿Bailamos…?En el cine, ha sido escritora y directora de las siguientes películas: Sensaciones (1991), Un Titán en el Ring (2002), Retazos de Vida (2007), No Robarás… a menos que sea necesario (2013), y Sólo Es Una Más (2017). También escribió y dirigió la teleserie de 24 episodios El Gran Retorno (1996).Viviana reside en Quito con su hijo Tiag y su gato Lotus.
  • Libro: El teatro de los monstruos

Disponible en versión digital: Amazon. com / Amazon.es

Disponible en tapa blanda: Amazon.com /Amazon.es / Bubok

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