22/02/2012

Por Nazul Aramayo
La experiencia de leer teatro significa convertirse, por un instante, en director de una obra. La imaginación se vuelca a la construcción sobre el escenario, al juego de luces y oscuros, material de utilería, música o silencio, a la voz de los personajes; imaginamos el telón y le damos vida a acotaciones y diálogos. Una obra fue escrita para ser representada. De ahí que de inmediato salten a nuestra mente posibles acciones y escenarios.
Dramaturgia a domicilio, de Tristana Landeros (Ciudad Valles, San Luis Potosí, 1974), consta de catorce obras de teatro. Un mosaico que abarca obras para niños, teatro callejero, monólogos, alegorías, realismo. Las obras sugieren, detonan imágenes y situaciones diferentes entre cada una. A veces la autora escribe acotaciones: utilería, escenografía, movimientos. A veces los diálogos fluyen con la arquitectura de la velocidad cotidiana: la oralidad es acción.
La exploración temática de Tristana recorre zonas misceláneas de la realidad contemporánea. Supervivencia y violencia, migración de los estados al D.F., la búsqueda de la fiesta eterna, el legado de nuestra mala educación. Y como contrapunto, el teatro para niños que atrapa, divierte y cuestiona la formación de identidades, el acercamiento a la cotidianidad y el poder de la imaginación. La maquinaria teatral caleidoscópica que le ha valido reconocimientos como el Premio Manuel José Othón de dramaturgia o el Premio de Dramaturgia Exprés de la Semana Internacional de la Dramaturgia.
En el caso de Dramaturgia a domicilio, la antología abre con “Bolitas de naftalina”, un funeral en un escenario rural. En el momento en que vemos la acción ya todo ha sucedido. La niña ya está muerta, el negocio ya está acordado. Asistimos a la consecuencia de un fuego cruzado, una bala perdida. Como en varias ciudades del país donde la violencia es la ley. Y si la escena se traslada al campo entonces vemos con claridad al crimen como verdadero gobernador de la entidad. En Landeros no existe una apología al narcotráfico ni tampoco una denuncia panfletaria. La autora nos muestra un escenario después del desastre cotidiano. La acción radica en las emociones y en la manera en que los personajes, sin filtros morales, buscan la supervivencia en un terreno geográfico concreto y delimitado que, sin embargo, pudiera ser cualquier esquina del país.
El monólogo “Ráfagas de historia” es una mirada al México violento a través de la minúscula vida de una adolescente. En varios disparos de recuerdos se reconstruye una vida atravesada por la pobreza, la marginación, la educación trunca, el machismo y la inesperada (aunque siempre temida y cotidiana) muerte violenta o desaparición forzada. El monólogo no se vuelca en detalles morbosos. Queda claro que el personaje vive un escenario dominado por criminales quienes sólo tienen presencia real mediante ecos, disparos en la distancia o rumores en la colonia. Vivir entonces consiste en una especie de encierro voluntario. Una casa, una burbuja, una mentira.
Las chicas de hoy, hermosas y malditas, aparecen en “Morir en la raya”, obra en un acto. La ausencia de acotaciones de cualquier tipo produce una lectura vertiginosa. Los personajes entran y salen de escena sin avisar, sólo con el buen uso de los diálogos nos damos cuenta de lo que sucede. Una obra con gran agilidad narrativa, personajes al borde que desnudan su psicología y sus aspiraciones en la búsqueda de la fiesta eterna, que nada detenga la noche. En obras así no existe moral. Es más, la moral resulta un estorbo. Un filtro que limita la experiencia literaria o teatral.
Etiquetas: dramaturgia, Dramaturgia a domicilio, dramaturgia mexicana, Librosampleados, monólogo, Morir en la raya, San Luis Potosí, teatro mexicano, Tristana Landeros, Universidad Autónoma de Nuevo León

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