15/02/2012

Muchos escritores se acercan a la literatura como un espacio en el cual las historias más complicadas, extremas y a veces hermosas pueden cobrar forma. La vida no siempre ni a todos ofrece recovecos tan complicados como los que una pluma puede concebir, por lo que resulta una buena escapatoria vivirlos en el papel.
Sin embargo, no es mero cliché la frase que sitúa a la realidad por encima de la ficción. Algunos de los escritores más famosos de todos los tiempos vivieron amores imposibles, prohibidos, fracasados o trágicos, “de novela” como dicen por ahí, no sólo en tinta sino en carne propia. Y es que la fatalidad parece siempre tener un condimento mucho más atractivo que el júbilo, por lo que la negación de la felicidad encanta. Ya los amantes adolescentes Romeo y Julieta en el siglo XVI lo advertían.
La famosa Beatrice que inmortalizó Dante Alighieri en el siglo XIII en su sublime obra Divina Comedia no fue únicamente una figura ficcional que le sirvió al escritor italiano de guía durante parte del recorrido del infierno al purgatorio y de éste al paraíso. Esta joven, símbolo de la perfección, la belleza y la virtud, fue el verdadero gran amor de este poeta, pese a que en realidad fueron contadas las palabras que cruzaron en vida. Dante habría quedado asombrado por la belleza de su musa a los 9 años y habría vuelto a verla sólo otros 9 años después, cuando ella lo saludó, algo que le bastó para sentirse inspirado. Esta pasión silenciosa y oculta se convirtió en imposible cuando Beatrice Portinari contrae matrimonio con Simón de Bradi; y en trágico, cuando muere con tan sólo 25 años.
En el siglo XIV, Francesco Petrarca, lírico y humanista italiano, también escribió la mayor parte de su obra inspirado por una mujer, Laura, nombre por el cual la muchacha cobrará dos lecturas: la del amor y la de las ansias de los laureles, del reconocimiento. En su Cancionero, esta mujer representa el objeto idealizado del amor, la belleza sublime, lo añorado. Pero alejada de las páginas no es más que la imposibilidad. Laura era una señora casada, presuntamente con un familiar del marqués de Sade, por lo que no existía en su vida espacio para el romanticismo adúltero. Además, Francesco era hombre de recta conciencia por lo que no tenía en mente sortear los límites. Sin embargo, su amor poético jamás pereció, por lo que sus bellos escritos lo llevaron a recibir la tan ansiada corona de laureles, por el cual fue varias veces invitado a la casa de su amada, cuyo marido disfrutaba de ser anfitrión de tan ilustre escritor. Según dicen, tal acercamiento comenzó a perturbar a Laura, quien temerosa de caer en la tentación de Petrarca lo alejó de su casa para siempre, hasta su muerte, en 1348 a causa de la peste negra. Pero su fallecimiento no logró apagar la llama ni la musa; muerta Laura pasó de representante de la belleza de la antigüedad a ángel de la sabiduría y la moral.
William Shakespeare escribió varias obras en las que trasmite una clase de amor hasta envidiable. Desde Romeo y Julieta hasta Othello, pese a la tragedia final o por ella, las historias de este dramaturgo isabelino resultan un ejemplo de pasión añorada. Pero su biografía no cuenta con los mismos vestigios. El autor de Sueño de una noche de verano vivió más amores conflictivos y dolorosos que anhelados. William se casó con Anne Hathaway cuando tenía 18 años y porque ella, de 26, estaba embarazada, según dicen los críticos especialistas. Pese a esta situación, la cabeza de Shakespeare estaba en Londres, lugar al que soñaba llegar para dar rienda suelta a sus historias y convertirse en un reconocido dramaturgo. Así lo hizo. El autor de Hamlet se alejó de su esposa y de sus tres hijos para instalarse en los alrededores de la capital inglesa y representar allí sus obras. Fue en esas noches de soltería, alcohol y desvelo que conoció a quien sería el verdadero amor de su vida, una mesonera, a la cual abrazaba con fuerza cada última noche que pasaba con ella antes de regresar a su hogar junto a su familia en Stratford Upon Avon. De esta relación nació un hijo también poeta, William Davenant.
Etiquetas: amores de novela, Novelistas

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