13/02/2012

El escritor donostiarra, que presenta Años lentos, la vida del País Vasco destilada en una novela, sostiene que «nadie nace nacionalista, se le va metiendo desde niño».
Fernando Aramburu vivió una infancia feliz y humilde en aquella San Sebastián de «Años lentos» (Tusquets), novela en la que abre el cofre de sus recuerdos y extrae material familiar para hacer un gran trabajo literario. «No es un libro sobre mi vida», aclara el escritor nacido en San Sebastián, que ha obtenido el VII premio Tusquets Editores de Novela.
-¿Qué recuerda de aquella San Sebastián de la lentitud sesentera?
-La recuerdo como una ciudad un poco provinciana, pero con una ventanita a Europa que no había en otras: la frontera francesa estaba a veinte kilómetros, y esto permitía acceder a ver películas prohibidas, incluso algunos adquirían libros prohibidos en España... Vivir en San Sebastián y saber francés les permitía a algunos sacarse el pelo de la dehesa. Era una época de lentitud, en la que pasaban pocas cosas, había como una tendencia a imitar lo que venía de fuera, si es que llegaba, que llegaba poco, censurado, como a cuenta gotas, algún turista... Y había una paz social total, pero impuesta. En la dictadura nadie se podía salir de la fila. La nación vivía como en una especie de resignación después de tantos años de régimen totalitario.
-¿Cómo será recibida su novela por el nacionalismo vasco?
-¡Ah, no me importa!, aparte de que lo que uno hace es imposible que le guste a todo el mundo. Mi finalidad es mucho más modesta: dejar un testimonio personal de muchas cosas que he visto, que me han contado, que he averiguado, que tienen que ver con el mundo en el que nací, en donde me crié, y que no me son indiferentes.
-Eso demuestra que usted es un escritor libre, frente a otros escritores que no son libres hoy en día, como usted ha señalado.
-Pero se ha interpretado mal, porque en el fondo si una persona es libre en una sociedad sometida al terror a mí se me ocurren preguntas muy comprometedoras. Es decir, no ser libre cuando se produce una situación de terrorismo es una eximente, y no ser libre se manifiesta de distintas maneras: por ejemplo, si a uno le matan, o tiene que vivir con escolta, esa persona carece de libertad. Pero hay otras maneras de no ser libre. Por ejemplo, cuando uno no puede expresar lo que podría expresar, cuando uno calla. Y a mí eso me parece muy humano. Y lo dije. Y se me replicó desde la defensa de la cultura y del idioma, y por la misma vía me podrían haber replicado desde la defensa del mar y de los atardeceres. Pero en el fondo creo que algunos mostraron una vanidad herida. No hemos sido libres. Yo no he sido libre. Yo digo cosas que no podría decir si estuviera en determinados sitios, porque sé que me van a agredir, insultar desde luego. Aunque lo único que hago es expresar mi opinión, y además a título personal. Yo soy un hombre solitario que ha visto cosas.
-Usted, Ramiro Pinilla, Fernando Savater... son escritores libres y admirables, no como otros.
-Bueno, allá cada uno con su conciencia. Yo pienso que si uno no ha abierto el pico porque tenía miedo yo creo que esa es una reacción absolutamente normal y natural. A mí me gustaría que hubiera algo de verdad y de reconocimiento. Esto ha sido así: si abrías el pico te llamaban por la noche, por teléfono, te insultaban, amenazaban, te metían un animal muerto en el buzón, o te pintaban en la pared de tu casa para que lo viera todo el mundo. Pero si en esa situación uno considera que ha sido libre, yo lo veo muy próximo a los agresores.
-¿Se puede confiar en la renuncia de quienes han asesinado a más de ochocientas personas?
-Confiar no se puede, pero yo concedo una opción a los que piden perdón. Y hay algunos, pocos; habría más si no fueran porque están cagados de miedo. Particularmente, reconozco que tiendo a la suspicacia. No lo puedo evitar porque nos han engañado tantas veces... El cese de la violencia es un paso muy positivo, joder que a uno no le maten es muy agradable.
-¿La Iglesia, según dijo usted, aún «no ha pedido perdón por su implicación en la ideologización de los jóvenes que empuñaron las armas»?
-Es que a mí no me gustaría que se trivializase el perdón; es decir, que empezase todo el mundo a pedir perdón al aire, a pronunciar en público la palabra perdón. Yo insisto en que el perdón debe estar dirigido a las víctimas del terrorismo. Es decir, aquellos que han sufrido directamente la acción del crimen político, ¿estamos? De manera que empezáramos a crear una sociedad en la que se pudiera vivir en paz porque se han cerrado algunas heridas y porque, sobre todo, el agresor renuncia a su condición de agresor: esa sería la utilidad del perdón. De manera que las víctimas, que no van a recuperar a sus seres queridos ni van a olvidar, tengan la garantía de que su obra no se va ampliar y que están libres de nuevas agresiones. Esa sería la función del perdón. Es que, además, el que pide perdón se humaniza: muestra un flanco humano, y tiene un efecto pedagógico muy positivo en las generaciones jóvenes y venideras.
Etiquetas: Años lentos, Fernando Aramburu, premio Tusquets editores

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